Más allá de la vida (Shortstory)



<<Te amo…-se escapó de mis labios antes de que pudiera pensar, pero a diferencia de lo esperado, una mirada llena de amor y sus labios pegados a los míos respondieron <<Yo también>>.
Nunca lo olvidé, no pude superarlo; aun siento la extrema alegría y paz que sentí en esa entonces. Luego de 50 años aún recuerdo su sonrisa, su alegre personalidad, la paz que sentía en sus brazos, su cariño y su calor. Cómo olvidar los mejores años de mi vida, cómo olvidar a mi gran amor, cómo olvidarlo… a él.>>
Me levanto con dificultad apoyando mi mano temblorosa en el bastón, el doctor espera mi respuesta, expectante se queda mirando mientras yo hago todo mi esfuerzo por pararme erguida y firme, mi hermosa hija Ana se acerca apresuradamente a ayudarme, apreto mis labios del dolor y con dificultad respondo.
-No-digo suspirando y siento un peso caer de mi espalda.
El doctor y mi hija me miran desconcertados, él abre su boca para decir algo pero está enmudecido, claramente no esperaban esa respuesta.
Mi mente viaja lejos del lúgubre hospital aquella vez que hablamos de envejecer juntos, de pasar una vida de amor y familia, nos reíamos acostados en el sillón pensando en los nombres que le pondríamos a nuestros hijos y como los criariamos.
En el camino a casa Ana sigue insistiendo para que me realice el tratamiento, pero yo no le hago caso, sonrio por la ventana y recuerdo…
Lo recuerdo a él, agachado frente a mí con una pequeña caja azul en sus manos y una enorme sonrisa en sus labios, mientras que en sus ojos se podía ver la ansiedad y los nervios, recuerdo la extrema alegría, la paz, recuerdo cuánto amor mi corazón era capaz de sentir por él y cuanto amor él sentía por mí, lo recuerdo todo, su voz cuando me dijo <<Tengas un amor para toda la vida>> y cuando ambos dijimos <<Acepto>>.
Recuerdo cómo lo amaba y aun lo sigo haciendo.
Al llegar a mi casa me apresuro a la cocina, sonriendo pongo la pava en el fuego y empiezo a tararear nuestra canción “Can’t help falling in love”. Mi hija se acerca y se apoya en la mesada detrás mío soltando un suspiro.
-Entonces… vas a dejarte morir-dice amargamente.
-¡Ay que fatalista!-levanto los brazos al aire y le sonrio, me acerco y la tomo por los hombros-linda… tu escuchaste al doctor, ya no hay vuelta atrás, no puedo curarme lo único que puedo hacer es ese tonto tratamiento para volver a estar enferma los dos meses, y pasarme mi vida encerrada en un tétrico hospital-
-Pero..-
-No, pero nada. Solo… voy a dejar que la vida siga su curso-le sonrio amablemente.
Lo ame y nadie podrá negar eso, lo ame tanto que dolía, lo ame desde el primer momento esa noche helada cuando lo conocí en el bar, aunque no se me haya acercado a hablar, lo ame aquel día que me invitó a salir, lo ame en los momentos de risas y tambíen en los de llantos, en las peleas, en sus defectos y sus virtudes. Lo ame hasta la muerte.
Escucho el irritante silbido de la pava llamándome desde la cocina, me paro lo más rápido que puedo pero mi hijo Juan lo hace antes que yo.
-¿Qué necesitas Ma?-me dice preocupado.
-El agua.. ya está hirviendo-le sonrio.
Luego de unos minutos Juan regresa con una bandeja y los tés servidos, se sienta en el sillón de mi derecha, como siempre. Una cálida paz invade mi cuerpo y sonrio al ver a mis tres hijos, Analia, Juan y la pequeña Clara sentados en frente mío tomando el té juntos como cuando eran niños. <<Los hemos criado bien>> pienso y sonrio.
Su mirada dulce viene a mi mente, incluso en las peleas podía ver a través de mis ojos y saber que en su corazón él me amaba.
Recuerdo ese lunes a las cinco de la mañana ambos nos habíamos despertado por los fuertes llantos de Ana y luego no pudimos volver a dormirnos. Desvelados nos sentamos en el piso del living a jugar a las cartas, sin importarnos nada horarios, trabajo y menos el cansancio, era uno de los pocos momentos que podíamos estar solos.
<<-No quiero ser ese tipo de anciana-le dije riendome-quiero hacer locuras y disfrutar cada segundo.
-Seguramente vas a terminar siendo una vieja amargada que todos odian-me dijo burlonamente y yo le respondí tirándole mi mazo en la cara, él se abalanzó sobre mí y me tiró al suelo, empezamos a besarnos y terminamos abrazados hablando de envejecer juntos y todas las locuras que pensábamos hacer. Ambos queríamos pasar nuestros últimos momentos en la casa del campo, alejados de todo, los problemas, el estrés y el trabajo, solo nosotros dos y nuestra familia. Hablamos de morir juntos, hombro a hombro, siempre apoyándonos, siempre juntos. Estábamos seguros que nada podría separarnos.
-¡Conoces la leyenda del hilo rojo del destino?-me dijo entusiasmado por contarmelo.
-No-dije riéndome, él me agarró por la cintura y me atrajo hacia sí, pude sentir el frío piso contra mi cuerpo caliente.
-Hay una leyenda japonesa que cree que todas las personas tienen un hilo rojos atado a su meñique el cual está atado, por el otro extremo, al dedo meñique de su alma gemela-me sonrió y me beso en la frente-”Un hilo rojo invisible conecta aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero NUNCA romperse”-me recito la poesía, yo lo abrace con todas mis fuerzas y lo bese apasionadamente.>>
Una lágrima cae de mis ojos mientras miro por la ventana del auto, y me apresuro a secarla. A lo lejos distingo la gran casona, a medida que nos acercamos por el camino de tierra una sonrisa aflora en mi rostro. Clara y Juan conversan en el asiento trasero mientras que Ana conduce, el ambiente es tenso, ella sigue insistiendo para que me haga el tratamiento, se niega a aceptar que su pobre madre de ochenta años está por partir. Le acaricio tiernamente la mano y le sonrío, ella me mira con tristeza y luego me sonríe con ojos llorosos, silenciosamente su rostro me dice que me entiende.
<<-Sácame de aquí-me dijo con ojos llorosos, yo apreté su mano fría y pálida y la acerqué a mis labios. Me quedé largos segundos callada con los ojos cerrados y temiendo abrirlos y ver la realidad, quería despertarme y no verlo postrado en la cama del hospital, pero mis deseos no se cumplieron.
-¿A dónde quieres ir?-me las arregle para decir entre llantos.
-Tomemos nos unas vacaciones a la casa del campo-sus ojos que en algún momento habían sido azules me miraban cansados e incoloros.
Sabía lo que esa petición significaba, me estaba diciendo adiós.>>
Mientras camino por el camino de piedras sonrio pacíficamente, hace años que no venía aquí, aunque los niños siempre vienen en las vacaciones. Al entrar mi corazón pega un brinco, la sorpresa me invade. Todo está intacto casi perfectamente igual que aquel día…
Me siento en el sillón individual de respaldo alto con vista al ventanal hexagonal del frente de la casa, desde aquí se ve el campo entero, la hermosa mezcla de verdes y marrones.
Allí se postró él una vez respirando de forma cansada y algo aturdido por el viaje, Ana y juan eran tan pequeños y clara aún se encontraba en mi panza. El me miro con paz y me sonrió.
<<-Te amo-me dijo clavando en mí la misma mirada tierna que aquella primera vez-y siempre lo hare.
-Yo también-le dije llorando.
Quisiera haberle demostrado cuánto lo amaba más con obras que con palabras, pero cinco años no son suficientes. Quisiera haber envejecido juntos para demostrarle que si éramos almas gemelas y poder mostrar que nos unía algo más que solo una casualidad.
Ana, Juan y Clara se sientan junto a mi en el living, empiezan a hablar y recordar las locuras que hacían de niños en esta casa.
Siento un fuerte dolor en el pecho y mi vista se nubla, no puedo respirar por unos segundos del dolor, pero luego… veo más claro que nunca y me siento mejor que nunca, como si fuera joven de vuelta, me siento fuerte, con vitalidad… y extrema paz.
Me llama la atención la cantidad de luz que hay de repente en la habitación, siento la necesidad de mirar mis manos y algo en ellas capta mi mirada, en el meñique de mi mano izquierda veo un pequeño nudo de un fino hilo color rojo, luego éste, que es más largo de lo que había pensado, se tensa y lleva mi mano involuntariamente hacia arriba. Otra mano fuerte y robusta la agarra suavemente, pero yo no me asusto, por el contrario siento paz en mi corazón; veo en la mano otro hilo igual al mío en su dedo meñique. Busco con mi mirada a su dueño y allí, parado frente a mi lo encuentro, está distinto, muy distinto, su rostro resplandece como nunca antes, sus ojos brillaban y su pelo negro está reluciente, pero a pesar de todo lo reconozco, es él, aquel a quien amé y esperé toda mi vida. Allí nos encontrábamos, ambos, unidos por el destino otra vez.
Me levanta y me sonríe.
-Vámonos-me dice sonriente.
-¿A dónde?-le digo y me río tontamente.
-A un lugar mejor-

Comentarios

Entradas populares